Antes de anoche, al tipo que sale a la izquierda en la foto se le conocía porque es un rapero de tomo y lomo, y porque su nacionalidad danesa contrastaba con el color oscuro de su piel. También por ser un lateral zurdo correcto, que había sonado para fichar por algún “grande” de Holanda la temporada pasada, aunque al final terminó apuntándose a la nómina del Málaga.
Pero ayer pisó el Bernabéu, y Patrick Mtiliga supo lo que es el fútbol. Primero, el fútbol son golazos, dos para ser exactos. Uno, al rollo colectivo, primer toque con tiralíneas y abajo la red defensiva de un equipo que, como todos contra el Real Madrid, pone el autobús y salva la temporada (excepción hecha del Alcorcón, claro está). Y dos, un zapatazo desde la frontal que el portero más violento de la Liga se come con papas fritas, como dirían Silva y Valerón.
Y segundo, el fútbol son patadas y puñetazos, como a lo largo de la historia reciente nos han intentado demostrar nombres como Javi Navarro, Txomin Nagore, Pablo Alfaro o Marco Materazzi. Ayer, en un forcejeo, Cristiano Ronaldo soltó el brazo con tan mala suerte que su mano fue a impactar en el rostro de Mtiliga, partiéndole el tabique. De modo que Mtiliga es un poco más famoso desde anoche, y seguro que lo agradece. Las búsquedas de su nombre en Internet se han multiplicado, y le podrá contar a sus nietos aquello de “a mí me rompió la nariz el jugador más caro de la historia”.
En fin, CR9 a la calle, y lógicamente, ya tenemos tema de conversación para la semana. Villarato, demonización, envidia, prejuicio y prepotencia son las “keywords” de esta jornada. Pero si lo de ayer lo hace Messi, el cuento hubiera cambiado muchísimo, y probablemente el argentino se hubiera convertido en el libertador de los jugadores oprimidos. Leña al mono.

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